martes, 14 de diciembre de 2010

Memorias de Adriano

Siempre digo que no soy buen lector. Suelo engullir los libros con avidez y a gran velocidad. Bastante poco me queda de ellos una vez que los termino. La trama, los personajes, una vaga sensación de espacio-tiempo ajeno que se me hace propio y no mucho más. Terminado el libro, vuelve a su respectivo estante a la espera del momento propicio para una segunda lectura.
Un par de años después, aquel libro que leí vuelve a abrirse ante mis ojos y entonces sí. Sin la ansiedad de saber cómo terminará y sin la novedad de estar ante personajes desconocidos, hago una segunda lectura en la que la avidez deja paso al verdadero placer de detenerme en las palabras, en las situaciones, en cómo están armadas las frases, cómo están descritas las situaciones y otros deleites que provee la literatura. Por lo general, esta relectura va acompañada de la primera lectura de algún otro libro que devorado en poco tiempo, tomará su lugar en la biblioteca a la espera de ese segundo encuentro, reiniciando así un ciclo que como mi respiración, cesará cuando cierre la contratapa del libro de mi vida.
Podemos decir entonces -y sin irnos tanto por las ramas- que soy un buen relector.
Esta vuelta, el número ganador le tocó a "Memorias de Adriano", de Marguerite Yourcenar.



Memorias de Adriano es una carta. Una extensa misiva que el emperador Adriano escribe en sus últimos días a Marco Aurelio, quien será su sucesor en el trono. La autora belga aprovecha este argumento para recrear un momento histórico que ella misma indica en su cuaderno de notas, citando a Flaubert:
"Los dioses no estaban ya, y Cristo no estaba todavía, y de Cicerón a Marco Aurelio hubo un momento único en que el hombre estuvo solo."

A medida que Adriano va contando su historia, la voz del emperador va dejando lugar a la del hombre. Una voz que habla de la vida y la muerte, de historia, de arte, de política y que entrelaza en el discurso su gran historia de amor.

Especial mención merece la traducción de Cortázar, que según una amiga que leyó también la obra en francés (y que dicho sea de paso, me recomendó Opus Nigrum) está a la altura de la original y ninguna versión le hace sombra a la otra.

Altamente recomendable para quien tenga especial gusto por las novelas históricas, preferencia por las biografías noveladas y una especial devoción por la cultura greco-romana.

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